Cecilia Bartoli en el Teatro Real. "¡Qué bárbaro!"
Por increíble que parezca que una artista de su categoría pueda albergar un sentimiento así, ella esperaba este concierto con cierta preocupación. Asistió a una representación de “L’elisir d’amore” y pudo comprobar por si misma la proverbial frialdad del público del coliseo madrileño. Ningún problema; prendió fuego al Teatro Real con su entrega y generosidad, con su capacidad de convertir en oro hasta lo más trillado por oído una y otra vez.
El valor de su actuación no residió en su acrobática coloratura, que le lleva a abordar los pasajes más endiablados como si tal cosa (aunque no siempre sin consecuencias), sino en su cuidada interpretación que no dejó una palabra o una frase cantada sin intención o expresión hasta en los recitativos. Lo pudimos apreciar en una pieza temprana del programa interpretada en segundo lugar (“Vanne pentita a piangere” extraída de “Il Triunfo dell’Innocenza”) que no por conocida gracias a su disco nos dejó de conmover hasta la lágrima.
Para el recuerdo también un "Lascia la spina" que espero que sirva que cierto crítico deje de recordarnos el aria gemela cantada por una soprano navarra, en el mítico Rinaldo con escenografía Pizzi en el Teatro de la Zarzuela.
No es esta ya la Bartoli que desencajaba el gesto y hasta el rostro para la coloratura; ahora aparece más relajada, atenta al texto, guiando a la concertino en los pasajes más endiablados para ir de la mano en ellos... Toda sonrisa y mirada pícara en las arias de bravura, concentración y ensimismamiento en aquellas en las que primaban la riqueza melódica y armónica reveladas en delicadas "messa di voce".
Su voz no será la más hermosa que hayamos escuchado jamás, ni grande para llevarla hasta el último rincón de un gran teatro, pero su técnica es portentosa por más que se la pueda tachar de poco ortodoxa, y su inteligencia para elegir repertorio y dosificar sus apariciones en escena indudable.
Muy bien la Freiburger Barockorchester, que brilló acompañando a la mezzo y en sus intervenciones puramente instrumentales. Pequeños problemas de afinación en algún momento o un oboe que no tuvo su mejor noche no consiguieron enturbiar la calidad de sus interpretaciones, con grandes momentos como la obertura y sonata del “Il Trionfo del Tempo e del Disinganno”
Hasta cuatro propinas en un recital que tuvo una duración más que extensa pues con anterioridad nos había ofrecido hasta 13 intervenciones vocales. No sólo no hubo frialdad en el público, sino que el delirio llevó a que cierto momento se sucedieran los gritos “Eres la mejor”, “Vuelve”, “Ven a cantar Ópera”. Los aplausos obligaron a la Bartoli a salir hasta 3 veces después de que la orquesta hubiese abandonado el escenario.
Escucha aquí la última propina:
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Qué no habrá visto un José Luis Pérez de Arteaga, que sin embargo abandonaba el patio de butacas exclamando
“¡Qué bárbaro, qué bárbaro!”
El derroche y la generosidad se prolongaron hasta más allá de la 1 de la madrugada en la Tienda del Teatro Real que vio pasar a más de 200 personas para recibir un autógrafo de la diva.
“Divas así quiero yo todos los días”
, decía una empleada del Teatro de las que tienen que bregar de cerca con los artistas. Vamos, poco que ver con el divismo aprensivo de certificados médicos y humidificadores de aire.
Una noche para atesorar en el recuerdo.
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Propinas:
Ombra mai fu (Serse, G. Bononcini)
Da tempeste il legno infranto (Giulio Cesare, G. F. Handel)
Que dolce simpatia (Il Giardino di Rose, A. Scarlatti)
Disserratevi, o porte d’Averno (La Resurrezione, G. F. Handel)
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P.S. Como veo que ya circula el rumor por los foros creo que no me paso de listo si digo que efectivamente cenó con Sonsi en el Museo del Traje.



Roberto dijo
Preciosa crónica. ¡Bravo!
20 Febrero 2006 | 06:33 PM